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Miembros del jurado del premio DuPont :
SANTIAGO GRISOLIA, el prestigio de un premio



“En la primera parte de una carrera científica se deben dedicar intensamente los primeros años al laboratorio e intentar añadir algo original al conocimiento, mientras que en la segunda parte se enseña y explota lo que se ha descubierto en los primeros años, y en una tercera fase se debe intentar ayudar a los colegas jóvenes a promocionar el desarrollo de la ciencia”.
Santiago Grisolía

Santiago Grisolía es uno de los grandes {short description of image}científicos de nuestro país. Nació en Valencia un 6 de enero de 1923. Inició sus estudios en la Facultad de Medicina de Madrid, pero los acabó en la Universidad de Valencia en 1944.

Ha sido profesor en prestigiosas universidades norteamericanas, como la de Chicago, Wisconsin o Kansas. Fue el primer alumno español de postdoctorado que Severo Ochoa, un verdadero maestro para Grisolía, tuvo en su pequeño laboratorio de la Universidad de Nueva York.

Formado en los Estados Unidos, ha trabajado en el metabolismo del nitrógeno, la síntesis de la urea, el metabolismo de las pirimidinas, la conformación y la estabilidad de los enzimas, el efecto del amonio en el sistema nervioso central y el metabolismo de los fosfogliceratos.

Desde 1988 preside el Comité de Coordinación Científica de la UNESCO para el proyecto Genoma Humano. Ha recibido diversos honores, incluyendo cuatro grandes cruces e importantes premios, es doctor honoris causa por doce universidades nacionales y extranjeras, miembro de varias academias de ciencias y de colegios de médicos españoles y extranjeros, y ha recibido el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica.

El profesor Santiago Grisolía ha tenido que recorrer un largo y arduo camino para alcanzar tan notables éxitos; el estudio de la bioquímica no era ni mucho menos un terreno trillado en su época de joven investigador, por el contrario, él ha sido uno de los científicos españoles en abrir los primeros surcos. En el último medio siglo era evidente la penuria científica existente hasta hace relativamente poco. Pero, revisemos el camino recorrido por Grisolía.

Empieza a interesarse por la bioquímica hacia el año 1941, cuando conoce al profesor José García Blanco por casualidad. Gran parte de nuestra vida está dirigida por la casualidad y, desde luego la casualidad y el entorno son enormemente importantes para una carrera científica”.

A los once años oye hablar de Ramón y Cajal por primera vez. En 1939, en la Facultad de Medicina de Madrid, estudia histología en el mismo laboratorio donde don Santiago dio clases. Hacía sólo siete años que Ramón y Cajal había muerto, pero le parecía algo muy lejano. Santiago Grisolía dice de él: Francamente no entendíamos muy bien su histología, lo que no es de extrañar puesto que es un libro personal y en el que defiende sus preocupaciones de investigador en áreas muy concretas. Su libro, reglas y consejos tuvieron gran impacto en mí como en tantos otros”.

Poco después, por razones familiares, traslada su matrícula a Valencia. La perspectiva de cambiar la flamante Facultad de Medicina de Madrid por la de Valencia, entonces bastante provinciana, le desanima al principio, pero le compensa por vivir con su familia y por el hecho de ser tan pocos alumnos por curso.

Aquellas navidades, un compañero suyo le presenta al profesor García Blanco, que acababa de llegar a Valencia. García Blanco le preguntó si tenía algo que hacer por las tardes y le ofreció la posibilidad de aprender a trabajar en su laboratorio. Grisolía está pocos años en su laboratorio, pero allí se fragua una amistad que duraría hasta la muerte del profesor. García Blanco logró crear un laboratorio nutrido fundamentalmente de voluntarios y de su imaginación para trabajar con medios muy rudimentarios. Por él pasan jóvenes que luego serían científicos relevantes en el desarrollo de la bioquímica o la fisiología en Valencia.

Con su esfuerzo, en 1942 consigue por oposición el trabajo de interno asignado para la cátedra de fisiología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia, su sueldo era en aquella época de 75 pesetas mensuales.

García Blanco es el primer maestro de Grisolía. En sus propias palabras aprendí mucho de don José, pero, sobre todo, admiré su cáustico sentido del humor aún a sus propias expensas, su absoluta honestidad y su visión universal de la ciencia”. Blanco, dio al joven Grisolía una visión muy contemporánea de la ciencia, una visión global y realista: Don José me hablaba de famosos científicos y de lo importante que era que conociesen tu labor media docena de premios Nobel y no el que tu fama se desarrollase a nivel local”.

Ante las insistencias de su maestro, Grisolía admite. La verdad es que yo no tenía muy claro lo que era un premio Nobel, aunque cada vez me gustaba más el laboratorio. Me impresionaba su insistencia en viajar al extranjero, conocer otros laboratorios y aprender inglés”.

José Blanco García es también el primero en hablar a Grisolía de Severo Ochoa. Le comenta que Ochoa era el mejor de los pocos jóvenes bien formados que había entonces.

La oportunidad que el joven Grisolía esperaba estaba a punto de llegar. Poco después de examinarse de las asignaturas de doctorado, en 1945, aparece una convocatoria de diez becas promocionada por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Aquella era la oportunidad para seguir las recomendaciones de su profesor: conocer otros laboratorios, aprender inglés, entrar en contacto con los grandes científicos del otro lado del Atlántico. Creo que se me concedió más que por mi expediente, bastante bueno para la época, por mis publicaciones y por el hecho de parecer mayor por ser ya bastante calvo”, relata el propio Grisolía con un agudo sentido del humor.

Lo cierto es que a finales de 1945, aquel joven lleno de ilusiones se embarca rumbo a Nueva York en el Marqués de Comillas uno de los dos barcos de pasajeros que entonces hacían el trayecto desde España. Diplomáticos, artistas, toreros, pelotaris y gente de elevado poder económico viajaban en sus camarotes. Santiago Grisolía recuerda que era un viaje muy largo, desde Vigo se repostaba en Canarias, y se hacía escala en Lisboa, Maracaibo, Cuba y Puerto Rico, antes de llegar a Nueva York. Con él viajaban personajes como Manolete, Armando Calvo ?un actor cinematográfico famoso en aquella época? o el padre Sobrino, un joven jesuita que ayudaría con vehemencia al científico y a los becarios españoles.

Al llegar a Nueva York, ninguno de los becarios tenía una noción exacta de lo que iba a hacer ni donde. Mientras su futuro se decidía, pasaron cinco días de ensueño; entre otras atenciones, el profesor Castroviejo, invitó a los becarios al Copacabana. Aquello sirvió para que el profesor Castroviejo ayudase al joven Grisolía.

Después de pasar por la Universidad de Georgetown, en Washington D.C., regresa a Nueva York e intenta aprender técnicas de isótopos con Du Vignaud en la Universidad de Cornell. Du Vignaud le promete aceptarlo al año siguiente, cree Grisolía que no lo hizo entonces por su pobre inglés. Finalmente se pone en contacto con el que sería su gran maestro: el profesor Severo Ochoa. En aquella época, Severo Ochoa carecía de laboratorio propio y trabajaba en un espacio prestado en el departamento de química de la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York. El profesor Ochoa le acepta enseguida.

El 2 de enero de 1945, Grisolía empieza a trabajar con Severo Ochoa. Soluciona su problema de alojamiento en la Casa Internacional. Tiene para él un valor sentimental porque también había residido en ella el profesor García Blanco y curiosamente la habitación de Grisolía se halla en el mismo piso que la que ocupó García Lorca.

En el laboratorio del profesor Ochoa, constituido por cuatro personas, el joven becario aprende a manejar el aparato de Warburg, el espectofotómetro de Beckman, entonces una maravilla digna de enseñarse a todo visitante, así como una centrífuga refrigerada y otros instrumentos científicos. De este modo se introduce en la enzimología, con las ventajas que le proporciona la interacción constante entre el pequeño grupo. En aquel laboratorio, Grisolía trabaja en la especificidad de los coenzimas y publica un artículo con Ochoa y Kornberg. También se esfuerza en comprender la oxidación del ácido cítrico con aparente éxito, que luego fue diluyéndose en el tiempo.

El número de científicos y bioquímicos de la época era muy reducido, todos se conocían y muchos de ellos eran exiliados procedentes de Europa. Grisolía asiste a las reuniones del Club de los Enzimas, cuyas reuniones se celebran una vez al mes durante el año académico, en el Museo de Historia Natural, donde conocería a muchos jóvenes investigadores que luego alcanzarían la fama. De este particularísimo club, comentaba Severo Ochoa: Hay una institución en Nueva York que no tiene equivalentes en ninguna otra parte del mundo, el Club de los Enzimas. Sus orígenes datan de 1940 0 1941, cuando un pequeño grupo de personas del Instituto Rockefeller decidió comenzar a reunirse con una periodicidad regular para leer y comentar el libro de David Green sobre enzimas. En pocos años el Club de los Enzimas creció hasta un número de veinte o treinta miembros. El grupo se reúne [...] para escuchar una conferencia a cargo de un invitado sobre temas recientes e interesantes dentro de la Bioquímica u otras áreas de la Biología”.

En aquel momento Nueva York era un hervidero de modernidad, la ciudad donde parecían suceder todas las cosas, a Grisolía le entusiasma: Desde luego, Nueva York es siempre excitante, pero en aquella época creo que lo era más”. Allí conoció a Dalí, que entonces publicaba una revista que él llamaba Dalí News. También había un pequeño grupo de exiliados españoles, entre los que se encontraba Pijoan, a punto de reeditar su Suma Artis, el bioquímico Jordi Folch Pi, etc. Eran años en que a España se la miraba muy mal en Estados Unidos y no resultaba del todo fácil ser un español en Nueva York.

En otoño, el joven Grisolía persiste en su empeño por aprender las nuevas tecnologías sobre isótopos. En aquella época apenas había media docena de laboratorios en los que se investiga la bioquímica, y en particular los isótopos radiactivos. Técnicas, medios y grupos fueron muy limitados hasta 1949, fecha en que se concedieron las primeras ayudas en los Estados Unidos.

El profesor Severo Ochoa, dado el interés de su alumno por conocer la tecnología de isótopos, contribuye a gestionar su ingreso en la Universidad de Chicago, entonces muy famosa a raíz del descubrimiento de la reacción en cadena.

Entre 1946 y 1947 Santiago Grisolía trabaja como Assistant Professor en la Universidad de Chicago. Comparte espacio en el laboratorio Evans y publica un trabajo en el JBC con Venessland, demostrando, con carbono 14, la incorporación del anhídrido carbónico al ä-quetoglutárico para formar ácido isocítrico, y así confirma la incorporación del anhídrido carbónico en extractos de tejidos animales, fenómeno descubierto por Ochoa por métodos indirectos.

La investigación bioquímica era muy distinta en medios y métodos a la que ahora se practica en los modernos laboratorios. A finales de los años cuarenta, los propios científicos tenían que fabricarse la mayor parte de reactivos. En una ocasión, Grisolía tuvo la oportunidad de demostrar que la ciencia también requería valor. En una de esas síntesis realizadas para elaborar un reactivo, se le hizo un pequeño agujero en la base de la vasija y se incendió. En un segundo, recordó que el siguiente paso era tratarlo con carbón y, aunque se quemaba los brazos, lo llevó hasta un cubo de basura y lo tapó, con lo cual se apagó y se salvó su labor. Pero el fino polvillo del carbón levantó una humareda espectacular y Grisolía tuvo que convencer a los bomberos, que se presentaron con hachas y la intención de destrozar el laboratorio, de que la situación estaba bajo control.

En 1949, el joven pero experimentado investigador, regresa a España con la intención de quedarse. Sin embargo, en sólo tres meses desiste de la idea. Comprende que tiene pocas posibilidades, pues al no haber sido alumno ayudante de ninguna de las familias científico-universitarias del momento, las opciones eran prácticamente inexistentes. Grisolía vuelve a Madison, donde es muy bien acogido, sin beca, pero con la seguridad de que pronto encontraría un trabajo gratificante. Continúa su actividad en la biosíntesis de la urea y realiza importantes hallazgos en dicho campo. Como el propio profesor Grisolía reconoce: Se ha dicho que el éxito en ciencia es que un descubrimiento se acepte, se incorpore y se olvide cómo empezó durante la vida del investigador”.

Si antes hemos comentado que la vida del científico es azarosa, a veces también comporta problemas con la ley. En plena época de McCarthy, las actividades de laboratorio resultaron muy engorrosas para Grisolía, que estuvo durante cuatro años en “suspensión de deportación”. Curiosamente la mezcla crómica que utilizaba para limpiar los utensilios de laboratorio prácticamente le dejaba sin huellas dactilares, lo que le provocaba no pocos problemas con la oficina de inmigración. ¡Gajes de la ciencia!

En sus últimos meses de su estancia en la Universidad de Winsconsin, en la que trabaja como profesor asistente entre los años 1947 y 1954, inicia investigaciones sobre la bioquímica del corazón.

En 1954, la Universidad de Kansas buscaba un enzimólogo y lo encuentra en el profesor Grisolía. Aquello fue todo un éxito, un laboratorio propio y el ascenso a profesor asociado, en una Facultad de Medicina pequeña, pero dinámica, rodeado de jóvenes profesores. Sin abandonar por entero su interés por la síntesis de la urea, Grisolía emprende otras líneas de investigación, como la degradación y el metabolismo de las pirimidinas. En pocos meses, con la ayuda de sus compañeros de laboratorio, descubre y purifica todos los enzimas de la degradación: la dihidropirimidina deshidrogenasa, la decarbamilasa, etc, así como diversos enzimas capaces de incorporar dihidropirimidinas en los ácidos nucleicos. También clarifica todo el ciclo de los fosfogliceratos.

Una vez solucionados sus problemas con inmigración, Grisolía viaja con frecuencia a Valencia para visitar a sus padres. En los años sesenta los bioquímicos españoles se podían contar con los dedos de una mano.

A finales del año 1976 se inaugura en Valencia el Instituto de Investigaciones Citológicas, del que Grisolía es director hasta 1992. En este instituto introduce con éxito la bioquímica moderna, para convertirlo en uno de los mejores centros investigadores del país.

Del mismo modo que en la década de los cuarenta se inició la fotometría y la utilización de isótopos, en los cincuenta la cromatografía y el concepto de la doble hélice, en los cincuenta y en los sesenta la clarificación de las grandes rutas metabólicas y en los setenta la biología molecular, y especialmente el PCR y la síntesis de ácidos nucleicos, según el profesor Grisolía, el mayor reto de la biología se inició hace unos diez años con el llamado Proyecto Genoma Humano.

En los últimos años, el profesor Grisolía ha dedicado gran parte de su tiempo a estimular la cooperación internacional en dicho proyecto, com él bien dice: no sólo por sus importantes repercusiones médicas y tecnológicas sino también por sus implicaciones éticas”. Desde 1988 Santiago Grisolía ha sido presidente del Comité de Coordinación Científica de la UNESCO para el Proyecto Genoma Humano.

Santiago Grisolía es, desde su institución, miembro del jurado del premio DuPont de ciencia y presidente del jurado desde el año 1993, en que se celebra la tercera convocatoria del premio. Su colaboración ha resultado de gran valor para el funcionamiento de los premios.

Premio DuPont de la ciencia

© Mayo 2002